La detención de Cristina Fernández de Kirchner reconfiguró de forma inmediata el panorama político argentino. Su ausencia en la contienda electoral no solo afecta al peronismo, que deberá redefinir liderazgos en un año clave, sino también al oficialismo libertario, que pierde a su principal antagonista político.
El analista Gabriel Garat identificó dos etapas clave tras la detención de la exmandataria: una reacción emocional de unidad dentro del peronismo, que se expresa en un cierre de filas como forma de resistencia; y un segundo momento, más incierto, donde comenzará la disputa por la herencia política de Cristina.
Paradójicamente, su figura, que hasta hace semanas era vista como un obstáculo para la renovación, vuelve a unificar al espacio. Su popularidad simbólica creció, pero no puede ser traducida en votos por su inhabilitación legal. Esto abre una lucha interna por el liderazgo, donde Axel Kicillof asoma como el heredero más visible, aunque con diferencias regionales notorias en el respaldo a la expresidenta.
Los gobernadores, con poco margen de acción por la crisis económica y el desgaste político, tampoco logran consolidar un liderazgo nacional. Según Garat, la clave estará en si las bases logran reactivar la movilización peronista desde una narrativa de resistencia. Por ahora, las convocatorias sindicales y sociales fueron tibias y más discursivas que efectivas.
En este nuevo escenario, el oficialismo de Javier Milei también enfrenta un dilema. Su narrativa política se sostuvo en gran parte por la confrontación con el kirchnerismo. Sin Cristina en escena, pierde fuerza el discurso “anti-K”, y la gestión deberá construir legitimidad sin ese clivaje. Con la economía golpeando fuerte, el desafío será pasar del antagonismo a los resultados concretos.
Mientras tanto, otros sectores de la oposición, como la UCR y el PRO, permanecen en silencio, sin articular propuestas claras ni liderazgos definidos. Garat señala que el discurso republicano perdió fuerza y la moderación ya no entusiasma, dejando a muchos partidos sin relato ni tracción electoral.
En un año de alta tensión social, económica y política, la prisión de Cristina Kirchner lejos está de cerrar una etapa: ha reactivado viejos conflictos y obliga a todas las fuerzas a reformular su posicionamiento. El peronismo debe reconstruirse sin su liderazgo activo. El oficialismo, gobernar sin su enemigo más fuerte. Y la ciudadanía, buscar alternativas en un escenario donde todo está en disputa.
Con Cristina Kirchner presa, el peronismo redefine su rumbo y el Gobierno pierde su principal contrapeso
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