Todos hablan del estado del mundo. Pocos lo conocen bien. El último World Economic Outlook, presentado este mes por el Fondo Monetario Internacional, es uno de esos documentos que merece una mirada más profunda: ofrece una perspectiva verdaderamente global, con datos, matices y, si se sabe leer entre líneas, también algo de esperanza.
Las sombras son claras. El FMI describe un escenario marcado por tensiones geopolíticas persistentes, conflictos que presionan los precios de la energía y fragmentan las cadenas de suministro, y una economía global que crece menos y se endeuda más. El resultado es un mundo donde los shocks externos ya no son excepcionales: son recurrentes. Y el diagnóstico podría agravarse: una escalada en los mercados de commodities podría restar hasta un punto porcentual al PIB global, o tal vez más ,si el conflicto en Medio Oriente persiste y se agrava, empujando a varias economías desarrolladas hacia la recesión técnica.
Pero hay un matiz central que los números dejan entrever: la inestabilidad no golpea a todos por igual. Algunos países muestran cierta capacidad de absorción – han construido marcos macroeconómicos más sólidos y pueden resistir mejor las turbulencias. Otras economías, más frágiles, siguen expuestas a cualquier cambio brusco en las condiciones financieras globales. La diferencia no es de suerte. Es de política.
Esa es la clave menos discutida del diagnóstico del FMI. El problema no se agota en el contexto global: depende también de cómo cada economía se posiciona frente a él. Donde se acumulan desequilibrios fiscales, donde las reglas cambian constantemente o donde la credibilidad institucional es baja, los riesgos se amplifican. En cambio, los países que sostienen políticas consistentes y previsibles logran amortiguar mejor los golpes. La lluvia cae sobre todos, pero algunos pueden usar paraguas.
Para la Argentina, esta lectura tiene una dimensión particular. Durante décadas, el país fue, en gran medida, el mayor riesgo de sí mismo: los desequilibrios internos amplificaban cualquier turbulencia externa. Hoy, algo concreto ha cambiado. La administración de Javier Milei ha logrado revertir ese diagnóstico con una velocidad que pocos anticipaban: superávit fiscal, reducción de la inflación, aún con los índices que se anunciaron en el último trimestre y una señal clara de continuidad en las reformas. El riesgo ya no proviene de las decisiones macro-económicas, sino de las persistentes internas. La endogamia en el gobierno está generando desconexión con la realidad, ineficiencia y el caso de corrupción que involucra al actual Jefe de Gabinete, tiene como consecuencia la pérdida de confianza del conjunto de la sociedad y suman a las incertidumbres externas que afectan a todo el mundo por igual.
La esperanza, entonces, existe, si el presidente Milei toma la decisión de ordenar su administración y hace valer el liderazgo que la ciudadanía deposito en él. El propio informe del FMI apunta algunos de sus componentes. La tecnología, en particular la inteligencia artificial, aparece como un factor potencial de aceleración de la productividad, especialmente en economías que logren adoptarla con rapidez. El aprovechamiento de recursos naturales estratégicos y la reconfiguración de las cadenas de suministro globales pueden abrir oportunidades relevantes para los países que ofrezcan estabilidad y previsibilidad.
El FMI no promete calma. Pero su mensaje de fondo es inequívoco: en un mundo incierto, la diferencia entre crisis y resiliencia no la escribe el contexto – la escriben las decisiones propias. Argentina, por primera vez en mucho tiempo, parece está escribiendo una historia diferente. Sólo debe decidir si prioriza una lealtad desfigurada sobre la competencia profesional y las demandas ciudadanas.
Por : Oscar Moscariello, Politólogo, ex Embajador en Portugal

