El 2 de abril no es un día más en Argentina. Es una herida abierta, una lágrima derramada, un grito que no se apaga, un recuerdo que aún duele. Pero también es un símbolo de coraje, entrega y amor a la patria.
A 43 años de aquel día que marcó la historia, las voces de los protagonistas emergen para mantener viva la memoria de aquellos que están y de los que, con toda la tristeza pero con todo el honor del mundo, se quedaron allá.
“La guerra en sí es terrible, no sirve para nada… La guerra es la confrontación de dos partes en pugna por un objetivo, por distintas razones. Pero en sí, la guerra no sirve, porque muestra lo peor de los seres humanos.”
Así comenzaba la charla en Lv7 con el suboficial principal, retirado, Luis Alfredo Manzur, que luego se convertiría en un relato crudo, sin adornos, en el que se enfrentó a aquel recuerdo con la misma determinación con la que enfrentó aquellos días en 1982. Llegó a Malvinas con su tropa, sin certezas, sin garantías, pero con la convicción de que estaban peleando por su patria.



Él y sus hombres no tenían la tecnología ni la precisión de los británicos, pero tenían algo que no se compra ni se fabrica: el valor.
“Ellos tenían la tecnología, nosotros el coraje”, dijo con su voz entrecortada por un instante.
El sonido de las balas aún retumba en su cabeza. Recuerda las noches en las trincheras, el frío que calaba los huesos, el sonido metálico de los cascos argentinos al ser alcanzados por disparos de miras telescópicas.
“Nos acurrucábamos en los pozos y escuchábamos el ‘ting’…”, relata.
La muerte estaba cerca, siempre acechando, pero el miedo nunca los venció.
A su alrededor, compañeros caían. Algunos nunca volvieron. Otros volvieron distintos. Manzur lo dice sin rodeos: La guerra lo cambia todo. Y lo que más le duele hoy no es solo el recuerdo de la batalla, sino la indiferencia.
“A veces duele ver cómo los políticos de este tiempo quieren jugar a la baraja con nuestras islas”, expresó con un ápice de impotencia y rabia contenida.
En su voz se percibe el orgullo de haber combatido “ante la segunda potencia del mundo”, a pesar de las adversidades y la disparidad de recursos.
“No les hicimos cosquillas, les hicimos frente y les costó”, afirmó, reivindicando el coraje y la determinación de los soldados argentinos.


Más allá de las estrategias y los combates que el otro bando pudo presentar, Manzur destaca la calidad humana de aquellos jóvenes que, imbuidos de un profundo amor por la patria, se transformaron en verdaderos héroes.
“Escuchar, en el momento del combate, cuando nuestros correntinos, nuestros chaqueños, nuestros formoseños con sus sapucai decían ‘aquí estamos’, era un grito de guerra, era un ‘¡Viva la Patria!’… Se te pone la piel de gallina.”



Conmovido, Manzur clama por reivindicar la imagen de aquellos soldados, a quienes considera “leones” y no “chicos de la guerra”.
“Quiero, de alguna manera, humildemente, borrar con la goma de la historia eso de ‘los chicos de la guerra’. Eran leones, te lo puedo asegurar”, remarcó.
En una de las últimas preguntas de la entrevista, le consultaron si volvería a Malvinas. La respuesta de Luis fue tajante:
“Sí, pero no con pasaporte inglés. Volveré cuando pueda pisar tierra argentina.”
Porque la herida sigue abierta. Porque las islas aún son un sueño inconcluso. Porque los que pelearon y los que murieron merecen algo más que una negociación vacía. Más allá del tiempo, del olvido y del dolor que aún persiste, hay algo que sigue intacto: el amor por la patria y el orgullo de haber combatido.

Malvinas no es solo un territorio. Malvinas es cada uno de esos jóvenes que dejaron su vida en la turba. Es cada veterano que aún lleva la guerra en la piel. Es cada grito de guerra, cada sapucai en la noche oscura, cada promesa de no olvidar.
Malvinas fueron, son y serán argentinas.

